
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Caravaggio, escenógrafo

Al contemplar La vocación de san Mateo (1599-1602), pienso que Caravaggio es un director de cine. Iluminación, vestuario, gestos, todo habría sido escenificado con cuidado. Es evidente que la ventana de la pared del fondo no es una fuente de luz. Había sido tapada con una mano de pintura para evitar los problemas de "contre-jour" -contraluz-, dificultades que son familiares para cualquier cámara moderna. De hecho, hay una única fuente de luz, muy intensa, desde la derecha. Un cuadro vivo se disponía con una iluminación cuidadosa: solía tomar cierto tiempo.
Uno puede imaginárselo diciendo: "Levanta la mano para que atrape la luz, mueve un poco más la cara hacia ese lado, haz que el color de esa capa cambie a un tono más claro, atrapará mejor la luz y resaltará sus hombros. Una pluma blanca en su sombrero se destacaría sobre la pared oscura. Asegúrate de que la figura del primer plano tenga una manga blanca".
Caravaggio es, de hecho, un maestro en la organización de la "escena".
David Hockney "El conocimiento secreto"
Instrucciones para entender tres pinturas famosas: Retrato del rey Enrique VIII de Inglaterra, por Holbein
Se ha querido ver en este cuadro una cacería de elefantes, un mapa de Rusia, la constelación de la Lira, el retrato de un papa disfrazado de Enrique VIII, una tormenta en el mar de los Sargazos, o ese pólipo dorado que crece en las latitudes de java y que bajo la influencia del limón estornuda levemente y sucumbe con un pequeño soplido.
Cada una de estas interpretaciones es exacta atendiendo a la configuración general de la pintura, tanto si se la mira en el orden en que está colgada como cabeza abajo o de costado.
Las diferencias son reductibles a detalles; queda el centro que es ORO, el número SIETE, la OSTRA observable en las partes sombrero-cordón, con la PERLA-cabeza (centro irradiante de las perlas del traje o país central) y el GRITO general absolutamente verde que brota del conjunto. Hágase la sencilla experiencia de ir a Roma y apoyar la mano sobre el corazón del rey, y se comprenderá la génesis del mar. Menos difícil aún es acercarle una vela encendida a la altura de los ojos; entonces se verá que eso no es una cara y que la luna, enceguecida de simultaneidad, corre por un fondo de ruedecillas y cojinetes transparentes, decapitada en el recuerdo de las hagiografías. No yerra aquel que ve en esta petrificación tempestuosa un combate de leopardos. Pero también hay lentas dagas de marfil, pajes que se consumen de tedio en largas galerías, y un diálogo sinuoso entre la lepra y las alabardas. El reino del hombre es una página de historial, pero él no lo sabe y juega displicente con guantes y cervatillos. Este hombre que te mira vuelve del infierno; aléjate del cuadro y lo verás sonreír poco a poco, porque está hueco, está relleno de aire, atrás lo sostienen unas manos secas, como una figura de barajas cuando se empieza a levantar el castillo y todo tiembla. Y su moraleja es así: «No hay tercera dimensión, la tierra es Plana, el hombre repta. ¡Aleluya! ». Quizá sea el diablo quien dice estas cosas, y quizá tú las crees porque te las dice un rey.
Cada una de estas interpretaciones es exacta atendiendo a la configuración general de la pintura, tanto si se la mira en el orden en que está colgada como cabeza abajo o de costado.
Las diferencias son reductibles a detalles; queda el centro que es ORO, el número SIETE, la OSTRA observable en las partes sombrero-cordón, con la PERLA-cabeza (centro irradiante de las perlas del traje o país central) y el GRITO general absolutamente verde que brota del conjunto. Hágase la sencilla experiencia de ir a Roma y apoyar la mano sobre el corazón del rey, y se comprenderá la génesis del mar. Menos difícil aún es acercarle una vela encendida a la altura de los ojos; entonces se verá que eso no es una cara y que la luna, enceguecida de simultaneidad, corre por un fondo de ruedecillas y cojinetes transparentes, decapitada en el recuerdo de las hagiografías. No yerra aquel que ve en esta petrificación tempestuosa un combate de leopardos. Pero también hay lentas dagas de marfil, pajes que se consumen de tedio en largas galerías, y un diálogo sinuoso entre la lepra y las alabardas. El reino del hombre es una página de historial, pero él no lo sabe y juega displicente con guantes y cervatillos. Este hombre que te mira vuelve del infierno; aléjate del cuadro y lo verás sonreír poco a poco, porque está hueco, está relleno de aire, atrás lo sostienen unas manos secas, como una figura de barajas cuando se empieza a levantar el castillo y todo tiembla. Y su moraleja es así: «No hay tercera dimensión, la tierra es Plana, el hombre repta. ¡Aleluya! ». Quizá sea el diablo quien dice estas cosas, y quizá tú las crees porque te las dice un rey.
Julio Cortázar
Instrucciones para entender tres pinturas famosas: La dama del unicornio, por Rafael
Saint-Simon creyó ver en este retrato una confesión herética. El unicornio, el narval, la obscena perla del medallón que pretende ser una pera, y la mirada de Maddalena Strozzi fija terriblemente en un punto donde habría fustigamientos o posturas lascivas: Rafael Sanzio mintió aquí su más terrible verdad.
El intenso color verde de la cara del personaje se atribuyó mucho tiempo a la gangrena o al solsticio de primavera. El unicornio, animal fálico, la habría contaminado: en su cuerpo duermen los pecados del mundo. Después se vio que bastaba levantar las falsas capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog, Vincent Grosjean, llamado «Mármol», y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la segunda verde, la tercera blanca. No es difícil atisbar aquí el triple símbolo de la falena letal, que a su cuerpo cadavérico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa. Cuántas veces Maddalena Strozzi cortó una rosa blanca y la sintió gemir entre sus dedos, retorcerse y gemir débilmente como una pequeña mandrágora o uno de esos lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la falena la habría picado: Rafael lo supo y la sintió morirse. Para pintarla con verdad agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su dueña, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia, repite la operación de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias.
El intenso color verde de la cara del personaje se atribuyó mucho tiempo a la gangrena o al solsticio de primavera. El unicornio, animal fálico, la habría contaminado: en su cuerpo duermen los pecados del mundo. Después se vio que bastaba levantar las falsas capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog, Vincent Grosjean, llamado «Mármol», y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la segunda verde, la tercera blanca. No es difícil atisbar aquí el triple símbolo de la falena letal, que a su cuerpo cadavérico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa. Cuántas veces Maddalena Strozzi cortó una rosa blanca y la sintió gemir entre sus dedos, retorcerse y gemir débilmente como una pequeña mandrágora o uno de esos lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la falena la habría picado: Rafael lo supo y la sintió morirse. Para pintarla con verdad agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su dueña, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia, repite la operación de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias.
Julio Cortázar
Instrucciones para entender tres pinturas famosas: El amor sagrado y el amor profano, por Tiziano

Esta detestable pintura representa un velorio a orillas del Jordán. Pocas veces la torpeza de un pintor pudo aludir con más abyección a las esperanzas del mundo en un Mesías que brilla por su ausencia; ausente del cuadro que es el mundo, brilla horriblemente en el obsceno bostezo del sarcófago de mármol, mientras el ángel encargado de proclamar la resurrección de su carne patibularia espera inobjetable que se cumplan los signos. No será necesario explicar que el ángel es la figura desnuda, prostituyéndose en su gordura maravillosa, y que se ha disfrazado de Magdalena, irrisión de irrisiones a la hora en que la verdadera Magdalena avanza por el camino (donde en cambio crece la venenosa blasfemia de dos conejos).
El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un relámpago de sémola.
El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un relámpago de sémola.
Julio Cortázar
martes, 2 de diciembre de 2008
¿Qué es un cuadro?
El Tránsito de la Virgen, de Mantegna

El Tránsito de la Virgen, de Mantegna, se guarda hoy en la sección del Museo donde se agrupan los pintores italianos. Como se trata de un cuadro de cortas dimensiones, el visitante novicio no lo encuentra enseguida. Además está colocado como al descuido, sin ningún aparato de supremacía presidencial. Tampoco llama la atención por la pompa o la simpatía del color, por ninguna de las seducciones de la vivacidad. Pero yo te juro, amigo mío, que en esta tablilla lívida se encierra una de las más puras realizaciones de belleza que hayan conocido los hombres. De ferviente del arte sé (muy pocos, pero, en fin, de entre los mejores) que, si un día el fuego debiese consumir todo este Museo y en manos de ellos estuviera salvar una obra nada más, no vacilarían y se precipitarían hacia el Mantegna.
Inteligible, claro, El Tránsito de la Virgen, lo es plenamente. Claro, no quiere decir precisamente fácil. Al contrario, este linaje de belleza trae para su goce mucha dificultad y exige en el gozador estar de vuelta de muchas cosas.
He aquí, en resumen, cómo he intentado, dando un rodeo, definir el supremo valor de esta obra en mi libro El viento en Castilla: "Decimos, para elogio de unas flores artificiales: Parecen naturales. En cambio, unas flores naturales exquisitas pueden proporcionarnos la ilusión de la artificialidad...Paralelamente en la obra de un grabador elogiamos -elogíabamos, ayer, con el naturalismo, sobre todo- que, a fuerza de habilidad, reproduzca la morbidez de la pintura. Pero unas predicciones más austeras llegarán a valorar, en una obra de pintura, la seca, precisa, áspera calidad de grabado. La pintura que se asemeja más abnegadamente a un grabado es El Tránsito de la Virgen, del Mantegna..."
Sí, aquí ya no queda ni siquiera rastro de sensualidad, de halago, de brillo. Todo distribuido, estructurado, lógico. "Parece que un viento frío ha secado todas las cosas -recuerdo haber dicho en otra parte-. Hasta los nimbos de santidad que rodean las cabezas son (perdóneseme la grosería de la expresión) discos amojamados..." Si La caza de Meleagro recuerda a un frontón ático, El Tránsito de la Virgen, a una columna dórica. También recuerda a la geometría de Euclides, a la prosa de Tucídides, a la psicología de Stendhal...La cima de la dignidad. Una apariencia fría, pero, en lo hondo de lo hondo, ¡qué pasión!
No hay cuadro mejor compuesto que éste, en la antología de la pintura universal.
Eugenio d'Ors "Tres horas en el Museo del Prado"
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